Al ir hacia la escuela, sus ojos de niño miraban el enlosado de las calles con su alma blanca y se posaban en los muros construidos con sillares de granito, extraídos del paisaje rocoso que rodea la ciudad. Sabía, muy vagamente, por qué estaba allí la Catedral, la Plaza Mayor, la Casa de las Dos Torres, el Palacio del Marqués de Mirabel y otros tantos edificios que destacaban por su magnificencia y su singularidad ; pero los veía como puede ver un pequeño animal las rocas, los árboles o los arroyos del bosque en el que habita : de una manera instintiva, irreflexiva, con una especie de convicción primigenia de que ello era así desde el principio de los tiempos y así seguiría hasta el final de los mismos.
Al principio, bastante antes de recibir la Primera Comunión, casi toda su existencia transcurría en los mismos lugares : la larga diagonal –trazada sobre el gran Puente de Trujillo y varias largas calles- que atraviesa la ciudad de sur a norte, cruzando la Plaza Mayor hasta llegar al Colegio de La Salle o, de vuelta, a su casa ; y en algunas plazoletas y callejuelas recoletas donde jugaba con sus amigos a pídola, a los bolindres, a la lima, a los trompos y otros hoy ya en desuso. El paisaje propiamente urbano, como decía, era para él algo –en cierto modo– inexistente : estaba allí, pero el niño no lo percibía de manera diferente a como percibía las nubes, la luz del sol o la lluvia : eran elementos consustanciales a la propia vida que él no se detenía a contemplar como el particular, único y diferenciado escenario de la misma.
Mucho antes de la Confirmación, oficiada en la Catedral por el entonces obispo de la diócesis, el niño ya había detenido su atención en la muralla granítica que circundaba casi toda la ciudad : algunos días, sentado en un pequeño promontorio adentrado en el río que abrazaba la pequeña urbe, se sorprendía sintiendo admiración por la mole protectora –de ataques de moros y de pestes, según palabras del Padre Ceferino– de la muralla y se preguntó quiénes la habrían construido y cómo. Aquella mole –se decía– que sobrevolaban al final de las tardes, con gran jolgorio de grajeos, las negruzcas bandadas de chovas que iban a dormitar en los entresijos pétreos de la catedral ;
y los vencejos, alborotadores con sus trinos agudos en los atarderes caniculares, mientras dibujaban velocísimos e imposibles filigranas acrobáticos aéreos. Aquella mole, con su ancha barbacana, por encima de la que vio una noche estival desde el extramuros Camino de los Tristes, casi incrédulo, como ascendían Los Bordinis –a pesar del intenso viento de ese día– hasta una altísima torreta metálica –alumbrada contrastando con la oscuridad– que habían instalado para deslumbrar a la gente con sus arriesgadas acrobacias.
Actuación de los Bordini en Plasencia
Pasaban los años ; y aquel niño, luego adolescente, luego adulto, se percataba ahora de que veía la ciudad con unos ojos ya conocedores de aquella “biografía” urbana, porque había vivido larga, intensa y estrechamente en su devenir y, al posarlos en los sillares graníticos de aquellas calles, en la imagen perenne de aquellas construcciones, había una emoción que parecía provenir de ellas y le inundaba : de alguna manera –pensaba ahora– aquellas piedras que conformaban las calles y los edificios (cuya Historia había leído también en “Las siete centurias de la ciudad de Alfonso VIII” de A. Matías Gil, en los excelentes escritos de Luis de Toro y de otros) formaban también ya parte de él : eran el escenario de todo lo vivido, impreso indeleblemente en su memoria ; algo del todo inseparable de su propio discurrir vital. Recordó –por ejemplo– aquella mañana invernal en que a dos metros de las gruesas cadenas catedralicias protectoras de perseguidos otrora por la jurisdicción civil (el afortunado que las alcanzara quedaba ya a salvo bajo la compasiva jurisdicción eclesiástica), Martina le descerrajó su adiós sin ninguna contemplación. Ahora, aquellas cadenas, por el cambio de signo de los tiempos, han quedado prendidas con clavos a la fachada como símbolo de su utilidad de antaño : y a él, se le antoja que son también un símbolo de aquel adiós de Martina ; y de mil y una cosa más acaecidas en aquel entorno.
La placentina calle de la Encarnación
Portada del convento de clausura de las Dominicas en la placentina calle de la Encarnación
Extremo de la calle de la Encarnación que da al ábside de la Catedral Nueva de Plasencia
Ahora, hoy, cuando pasa por cualquier lugar de la ciudad (especialmente, por algunos), resuena en él el eco profundo de otros tiempos atrás. Mira, observa : y ve que apenas ha cambiado algo, que los muros del Convento de San Vicente Ferrer, las ventanas de la Casa del Deán o las rejas del Convento de las Carmelitas han atravesado indemnes los diversos avatares del tiempo, han sobrevivido a los vientos, a la intemperie : y allí están, testigos invariables, firmes, del transcurrir de su vida pasada (excepto aquellos que sucumbieron antes de que él llegara al mundo, como -por ejemplo- el Alcázar). Se detiene al pasar por la siempre solitaria y silente calle de La Encarnación : una calle que, a pesar de ser céntrica y larga, explica su silencio su particular situación en el entramado urbano. Todo lo que le rodea –piensa, más reflexivamente– es la forma “orgánica” del tiempo, con su faz invariable, mientras presencia inmóvil nuestro paso fugaz ; y la calle de La Encarnación –se dice–podría ser el túnel hacia el final definitivo, aunque aparentemente vaya hacia la Calle Talavera o a la Puerta de Santa María. Observa –y siente– la ciudad mientras camina : no son solo piedras ordenadas, dispuestas por sus antepasados de una forma determinada : forman indisoluble parte de él, entrelazadas a cuerpo y a su espíritu. Sabe que son también su ser, que permanecerá allí tras su último viaje.
Fdo. : Luis P. Molano. 14 de febrero de 2026

Luis Palomo Molano
Breve semblanza.
Luis Palomo Molano. Nací en Plasencia (Cáceres), estudié Psicología en la Universidad Autónoma de Madrid y me especialicé en Psicología Clínica en la E. de Psicología y Psicotecnia de la Universidad Complutense de Madrid.
Muy interesado en la temática psicosocial -dada la estrecha relación entre lo individual y lo social- y las desigualdades, realicé un Máster de Gerencia de Servicios Sociales en la Universidad de Extremadura de dos cursos académicos, además de otra variada formación en el mismo ámbito.
Mi actividad laboral ha sido diversa : deficiencia mental en INSERSO (hoy, competencias ya transferidas a las comunidades autónomas) ; marginación social, en CÁRITAS, ALDEAS INFANTILES SOS (en la Aldea del barrio tinerfeño de El Tablero), etc. ; dirección de programas formativos y laborales de Atención Sociosanitaria a personas dependientes en el ámbito privado e institucional, Inadaptación de Menores, etc. ; Psicología Clínica, etc. Mi principal ámbito laboral, ha sido el de los Servicios Sociales, particularmente en programas de Familia e Infancia y en Dependencia.
Durante un tiempo, colaboré con los diarios regionales “Hoy” y “Extremadura”, como articulista sobre temas básicamente profesionales, referidos -en general- a la Comunidad Autónoma Extremeña.
Luis. 11/10/2022
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