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Visité a Hermitas en su casa de Poio, Pontevedra, donde vive con su hija Lupe, su yerno y su nieto.

Hermitas Navarro Patiño nació en Vedra, A Coruña, en 1949. Es la mayor de 5 hermanas de la misma madre y distinto padre. Nació de una relación que tuvo su madre a los 19 años con su novio de entonces y que se desentendió de ella. Después tuvo otra hermana fruto de otra relación. Su madre dejó a sus hijas de 3 años y de 6 meses con los abuelos y se fue a asistir a una casa a Barcelona, sólo venía de vacaciones 15 días en verano. Sus hijas la llamaban “Maruja” y no “mamá” pues era el nombre que oían a sus parientes. Vivían en Poio donde estaban de caseros en la casa de los Mon.

Al cabo de nueve años, su madre se vino definitivamente para Poio ya casada y con otra niña de 7 meses (“…tiñan uns celos negros pola irmá cativa…”). Como eran muchos en la casa, decidieron mudarse a otra de alquiler. La abuela le pidió a su madre que le dejase a una de las niñas. Ellas  se peleaban por ser la elegida  porque su madre era casi una desconocida. Se decidió que fuese la pequeña la que acompañase a la abuela y así Hermitas, que ya tenía 13 años, se quedaba al cargo de la otra hermana con sus padres. Su madre trabajaba en la conservera y su padre, pues como tal consideraba al marido de su madre que le dio su apellido, en la carretera arreglando el firme. Este hombre, electricista de profesión, tuvo que pedir prestada una bicicleta para acudir al trabajo, pero un accidente, ocurrido ya el primer día, le obligó a cambiarla por el bus, teniendo además que abonar el importe de la bici.

Hermitas estudió en la escuela de Doña Teresa, al lado del ayuntamiento de Poio. Iba sólo cuando se lo permitían sus quehaceres diarios porque tenía que trabajar las fincas, atender a los animales y hacer las tareas del hogar. Tenían cuatro vacas, un caballo, gallinas y una cerda que les proporcionaba lechones para la venta. Así estuvo hasta los 10 años. Después, a los 13, iba a clases nocturnas con el señor Manolo Martinez y a los 14  entró a trabajar en la conservera de Montenegro, en Lourido. Para acudir al trabajo debía caminar todos los días durante 50 minutos.

“Cogi los billetes, los puse encima de la colcha, me tiré encima y dije: “Vai tomar polo c… Mira si valgo”

Hermitas Navarro Patiño

Del trabajo en la conservera recuerda especialmente las visitas del inspector y como el señor Edelmiro Montenegro  les pedía que se escondieran debajo de unas cajas de madera porque no tenían seguro y cómo el inspector removía las cajas con una pata de palo.

A Manolo lo conocía de toda la vida. Eran vecinos y jugaban como todos los niños, al peletre, la cuerda, etc. Ya con 13 años se había fijado en él que era 5 años mayor que ella.

Manolo, con 19 años, se fue a trabajar a San Sebastián en la construcción. Volvía a Poio de vacaciones. En una de estas visitas cuando Hermitas contaba 18 años, se quedó embarazada y dejó la conservera.

Le envió una carta a su novio para contarle lo sucedido porque le daba vergüenza decírselo a su madre y fue él el quien informó a su suegra de la situación.

Le pedía que preparase todo para la boda porque se querían casar cuando él volviese en las siguientes vacaciones. La madre de Hermitas no hizo caso  a la carta y no organizó absolutamente nada. Cuando Manolo llegó se enfadó mucho porque no había nada preparado. Entre las hermanas y algún pariente consiguieron organizar la boda en pocos días y se casaron el 9 de julio de 1967. Su madre ese día no se levantó de la cama y no acudió al enlace. Por la tarde se fue a la playa con el resto de sus hijos. Hermitas recuerda su boda con los padrinos y el taxista que los acompañaba a todos los sitios.

A los tres días de la boda se fueron a San Sebastián donde  vivieron en el bajo de un chalet que les ofrecieron unos conocidos de Portonovo. Su hija nació prematura y estuvo un mes en la incubadora. Ese mismo mes a él lo llamaron para hacer la mili en Melilla. Cuando Hermitas salió  del hospital sola y con su hija decidió dejar San Sebastián y venirse para Galicia a casa de su madre.

A los dos días de llegar ya estaba trabajando de nuevo en la conservera. Seguían viviendo de alquiler pero les reclamaban la casa porque se casaba una hija del casero.  Decidieron comenzar la construcción de su propia vivienda. Recuerda Hermitas cómo en un permiso el marido ayudó a poner la placa. El sueldo en la conservera era de 600 pesetas que repartía en 100 pesetas para mandar a Melilla al marido y 500 para su madre que cuidaba de su hija y vivía con ella.

Por fin se licenció Manolo y regresó a Poio donde comenzó a trabajar como albañil. La madre de Hermitas no pudo cuidar más de su hija porque dio a luz a una propia (“Xa podes coidar ti a pequena que eu xa teño outra”). Hermitas dejó  la conservera y en los años siguientes  tuvo 4 hijos más. Manolo cambió de trabajo y entró en el ayuntamiento de funcionario haciendo de enterrador. Cobraba 7 mil pesetas por entierro. Era la mano derecha de Armando Couselo Soto, el alcalde de Poio. Murió con 47 años dejando a Hermitas con 42 años, 5 hijos y números rojos en el banco.

A pesar de que su marido era el enterrador, no tenía comprado un panteón. Él decía “Jaula hecha, pájaro morto” Hermitas estuvo ahorrando para poder comprar un sitio adecuado para que pudiera descansar en paz.

Empezó a marisquear. Le dieron un trabajo de limpiadora en las escuelas por mediación del alcalde y también limpiaba en la hospedería del monasterio. Los niños ya eran mayorcitos y podía dejarlos solos.

Su marido murió en junio pero recibió la paga de julio y la extra. Además contaba con lo que había ganado del marisqueo, la limpieza de la escuela y la hospedería. Cuando se vio con tanto dinero recordaba las palabras del marido que siempre le decía “Sodes coma as galiñas, facedes o niño co pico e desfacedelo coas patas. Non valedes para nada”. Cogió los billetes, los puso encima de la colcha, se tiró encima y dijo: “Vai tomar polo c… Mira si valgo”. Ahí empezó a darse cuenta de que, como mujer, siempre fue ninguneada.

Como abuela es como con sus hijos: No le gusta que estropeen las cosas y los trata a todos por igual, aunque su hija lo desmiente por lo bajini y asegura que tiene alguna preferida.

A los 68 años se jubiló. Estaba contenta de no tener que ir con lluvia y tormenta a mariscar. Al principio le daba vergüenza ir a cobrar.

De la juventud de hoy en día le da pena que no jueguen juntos. Antes había más socialización y se conocían todos los de los alrededores.

Le gusta ver las series de la televisión y prefiere Tele 5. Le gusta hacer pasatiempos y leer.

Suele hacer excursiones con las amigas con una agencia de viajes: Darío, en paseo de colón.

Sale a caminar con las amigas y dependiendo si es con una u otra pasa de una a varias horas.

El viaje que más le gustó fue a Barcelona, a la fuente de Montjuic. Lo aprovecharon a tope de miércoles a domingo, una semana santa cuando el viaje era en autobús. También recuerda un viaje a Lourdes de 8 días ya jubilada.

Le gustaría ir en avión a México. Volar es un sueño que quiere cumplir antes de morir.

Al alcalde le pediría actividades para los mayores y sitios adonde ir. No hay asociaciones culturales y es una pena porque aquí hay mucha gente activa. Dijeron que iban a hacer una piscina pero todo se quedó en palabras.

Le pregunto qué tal es como cocinera y es Lupe, su hija, la que contesta. Hace unas almejas a la marinera y una empanada de pollo de rechupete. Quedamos en que nos  enseñará a hacerla, pero nunca antes de navidad. Me despido en este entorno maravilloso muy cerca del mar de Hermitas, una mujer que hasta que se quedó viuda no supo lo que era vivir de verdad. Muchas gracias por contarme esos cachitos de tu vida y por esas fotos entrañables que guardas celosamente. Espero esa receta de las almejas.

Ana Santos Solla

Ana Santos Solla

Profesora de Educación Física

Son Ana Santos, nacín en Pontevedra no ano 1960, a miña infancia estivo moi ligada a Santa María de Xeve, a terra da miña nai, son a terceira de 8 irmáns, a maior das mozas, a máis vella como me dicían de pequena. Sempre me gustou o deporte e estudei INEF en Madrid, estiven 34 anos no IES Valle Inclán impartindo Educación Física alí foi onde coñecín ao resto dos meus compañeiros que agora me acompañan neste proxecto. Decidín xubilarme para dar un novo rumbo á miña vida e levar a cabo este tipo de iniciativas como @devellabella ue pretende que o envellecemento activo convértase en embelecemento persoal e poder achegar a miña experiencia nesta etapa da vida.

Nós os maiores aínda temos moita guerra que dar, espero que este blogue motívevos a querer colaborar connosco

Antón Sobral

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