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Pontevedra, sube y baja

Hace más de cincuenta años que llegué por primera vez a esta ciudad. La estación de ferrocarril olía a obra nueva, y en Campolongo se aburrían aún los decrépitos vagones de mercancías. La ciudad era poco más que un hermoso casco antiguo, a cuya redondez solo le faltaba la muralla, y unas carreteras que confluían en él.

Fuera del recinto histórico, las casas salpicadas alternaban con las huertas formando un paisaje que me sorprendió muy gratamente.

Era aquella Pontevedra que según el dicho seguía durmiendo. Seguramente dormía mucho más que en los tiempos culturalmente estimulantes que la animaban en la anteguerra.

Cuando volví, siete años después, ya despuntaba otra cosa. Edificios de muchos pisos brotaban ya con cierto desorden, pero aún pasó algún tiempo para que el destrozo urbanístico se consumara.

En 1953 se había redactado un Plan General de urbanismo cuyos planos detallados llegué a ver, aunque ahora no los encuentro publicados en parte alguna. Vagamente recuerdo un trazado de calles porticadas y plazas, que con un trazado más regular seguían la tradición de la ciudad vieja. Echo de menos esa ciudad fantasma, en la que se podría pasear bajo sus soportales los días de lluvia, y que nunca existió. Porque en 1970 un nuevo Plan General, que interesadamente nunca se desarrolló en detalle pero que fue un buen taparrabos para la desvergüenza, imaginaba un crecimiento desmesurado, que debería hacer de la capital un nuevo Vigo.

Durante años, la ciudad se fue convirtiendo en un conjunto de calles atestadas de tráfico, aceras insuficientes, literalmente colapsadas en algunos puntos, y casas altísimas, con sospechosas diferencias entre unas y otras. La interpretación de lo que era “vez y media el ancho de la calle” (ancho que bajaba aún más por los cuerpos volados), los áticos de tapadillo, la interpretación “diagonal” de la anchura en los cruces y no digamos el “ancho” de las plazas, transformaron aquella apacible mezcla de ciudad y campo en lo que hemos conocido y que ahora (casi) hemos perdonado.

La posterior transformación de la superficie transitable nos hace olvidarnos de lo que hay más arriba. “Casi” ni lo vemos, porque nuestra atención la ocupa lo de abajo. Antes, huyendo del suelo, buscábamos el cielo. Ahora a ras del suelo está lo que interesa, y perdonamos esa masa de hormigonazo y ladrillos, la que suministra la multitud que de ella sale cada día y a la que vuelve cada noche. La que anima las calles recobradas.

Esa peatonalización que ha vuelto a recrear la ciudad es físicamente una transformación menor: apenas un cambio en la superficie del suelo público accesible a todos. Las dificultades para el tráfico rodado se convierten en facilidades para la gente de a pie, que al final somos todos, también los automovilistas cuando se despojan de su caparazón de lata.

A los espacios más radicalmente transformados la plataforma única, sin aceras a otro nivel, los unifica perceptivamente, y apreciamos que son más anchos de como los veíamos. Ahora parece que casi no hay calles estrechas. ¿Qué importa lo que hay más arriba, si no lo buscamos para escaparnos?

En cierto sentido, el suelo público abarca tanto el que es común como una gran parte de propiedad privada: no tan “privada” mientras sea accesible para todos. Por eso, en las calles de mayor vida social, tiendas, bares y otros locales son también prolongaciones de lo público. Ahora, cuando el tráfico no parte en dos ese espacio, la expansión horizontal de ese suelo va de los espacios accesibles a un lado de la calle hasta los de la otra orilla.

De este modo, la ciudad que subió ha vuelto a bajar. De alta y estrecha pasa a ser baja y ancha.

Sin darnos cuenta, paulatinamente Pontevedra dejó de dormir. De aburrida pasó a divertida. El sueño plácido se había convertido en pesadilla, y ahora el despertar, no libre de sobresaltos e incertidumbres, ofrece una vía a seguir a otras ciudades. Aunque, no nos engañemos, no somos el faro único: solamente parte de un movimiento que se va haciendo presente por todas partes. Nuestra mayor suerte es el tamaño manejable de la ciudad y el fuerte núcleo de partida que ha sido el casco antiguo.

Mucho más difícil lo tienen las grandes urbes. ¿Qué hacer con las metrópolis en que nuestro “metrominuto” cuenta en horas esos minutos para llegar?

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(A falta de planos más detallados, en este enlace se vislumbra la situación de partida para aquel Plan que lo cambió todo)

Enlace interesante Pontevedra segun catastro

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