Si algo me está quedando claro en este invento del mundial de clubes es la reafirmación de lo que llevamos padeciendo los aficionados y el fútbol español, sobre todo respecto al arbitraje y su deriva en las últimas temporadas.
Máxime cuando incluso la tecnología ha venido a echar una mano a los trencillas, que, lejos de sentir el beneficio, no han dejado de caer en los mismos vicios que ya arrastraban desde hace años. Y para nada esta reflexión es un ataque al colectivo arbitral.
Su misión no es fácil: han de tomar decisiones en un lapso de tiempo super pequeño; están siendo observados por toda una multitud, que para nada es mínimamente objetiva; hay muchos intereses, de todo tipo, que harán que la decisión tomada sea analizada con lupa. Y todo el mundo está dispuesto a lanzar una cruzada en contra de su labor.
De acuerdo, no es una misión fácil, pero tampoco debería ser algo imposible de sacar adelante con una mínima garantía de éxito. Y es aquí cuando me atrevo a señalar las fuerzas externas que desean influir, sobre todo a favor propio y que para nada favorecen la labor arbitral.
Después de más de siglo y medio de que en Inglaterra se originara el fútbol moderno, tal como lo conocemos, se sentaran las primeras reglas y se juegue oficialmente, no mucho han cambiado dichas reglas, a diferencia de otros deportes que continuamente buscan dar más interés a su competición. Eso ni es malo ni es bueno, sencillamente habla a favor del buen funcionamiento que supone su aplicación.
Entonces, si eso es así, ¿por qué tiene tanto “peluseo” el fútbol? Seguramente no es más que un fiel reflejo de la actual sociedad que vivimos. Los protagonistas son tratados como ídolos, como estrellas a las que imitar. A diferencia de hace unas décadas, ahora son ricos, sobre todo la élite. Ahora son mucho más cultos, o cultivados; su aspecto es espejo tanto para la sociedad como para las marcas que hacen de ellos escaparates donde reflejarse; en definitiva, son una casta preponderante.
Que los propios futbolistas quieran influir en la decisión arbitral parecería hasta natural. Pero ese es el primer error que tiene el sistema, que lo permite. Fútbol y rugby nacen prácticamente a la vez y solo hay que ver un partido del balón ovalado para observar el respeto que se le tiene al árbitro por parte de todos los actores. Sus decisiones son aceptadas sin rechistar, pero además son explicadas públicamente, en el acto y con toda la tecnología. Pueden ser vistas en directo y se estará de acuerdo o no, pero la decisión es sacrosanta. Y ni un mal gesto ni aspavientos por parte de los implicados.
El público es normal que comente, esté más o menos de acuerdo con las decisiones que se arbitran, pero hasta ahí. Poca influencia tendrá en el proceso. Luego vendrán las tertulias y los comentarios en las diferentes reuniones entre aficionados, que ha sido y será la salsa del fútbol. Otra cosa es que esa masa sea predispuesta en contra, creando un clima difícil de digerir, en algo tan simple – y maravilloso– como es un juego, por parte de periodistas y diferentes estamentos de los clubes: técnicos, directivos, etc. que ni es su misión ni para nada ayudan al resultado final de la entente.
El periodismo, en su afán de notoriedad y prevalencia, se arma de técnicos, especialistas en las diferentes áreas, exárbitros, y destripan minuciosamente cada una de las intervenciones de los colegiados. Y siempre, con una parcialidad notoria. Juzgan en función de sus intereses: comerciales, de audiencia, geográficos… Esto acarrea una desazón al aficionado difícil de digerir. Y, obviamente, acaban influyendo, siempre negativamente, en el devenir de la situación.
Esto se maximiza y cobra vital importancia cuando, además, entran en escena los propios clubes, los directivos, que hacen a su equipo estandarte del agravio. Y en ambos casos, periodistas y directivos, no solo no es admisible, sino que tendría que tener consecuencias sancionadoras inmediatas. Ni es vuestra misión ni se os supone lo suficientemente preparados para dicha tarea.
Y, por último, el estamento arbitral. Superados ya esos años ochenta, donde cohabitaba lo bueno con lo menos bueno. Se dignificaron los salarios, hasta el punto de hacerlos profesionales de primer nivel. Lo cual está perfecto. Se dotaron de más asistentes, de la última tecnología, de ayudas inmediatas, prácticamente sin error, de otro equipo de arbitraje en la sombra y salas de análisis super completas. En el tenis se está eliminando el arbitraje humano, sustituyéndose por el automático, de máquinas que no se equivocan.
Entonces ¿por qué no se arbitra bien? ¿Por qué ese miedo a tomar decisiones? Vemos cómo el árbitro deja correr la jugada sin sancionar lo obvio; el juez de línea no ayuda para nada (hasta que no ve que el principal toma la decisión). Ambos tarde y mal. Como hay VAR, que sean ellos los que tomen la decisión. Y entonces todo va ya al revés, liándose y creciendo la polémica. Tomad vuestras decisiones, sabemos que estáis más que preparados. Si os equivocáis, no pasa nada, sois seres humanos y el error es parte de nuestra existencia. Igual que se equivoca un jugador, o un técnico, o un directivo haciendo un fichaje. Sed valientes y ejerced vuestro papel. Claro, para ello deberíais contar con el apoyo absoluto de todo el entramado. Que tampoco sucede.
Todos somos un poco nuevos en el sistema de automatización en el que llevamos inmersos varias temporadas. Los errores han seguido siendo los mismos: al aficionado no se le quita la impresión de que se le pita en contra, de que se pita favoreciendo a los más fuertes. De que no se juzga con equidad. Y todos se apoyan en las nuevas tecnologías para darse la razón, haciendo que el error crezca y la sinrazón se apodere del espectáculo.
Como caso concreto quisiera destacar un apartado que me parece realmente ilógico. El uso de manos y brazos en el juego. Se empuja sin la más mínima discreción, se empuja por detrás y no se pita nada. Se oye a los informadores decir que si no ha sido suficiente, que se ha exagerado la caída y tonterías así. Los jugadores teatralizan hasta el ridículo, golpean el suelo, se retuercen de fingido dolor, buscando recompensas que posiblemente no les pertenezcan. Pero saben cómo funciona el sistema.
Desde mis últimas lecturas del reglamento (que, por cierto, ¿quién lo leído?) si mal no recuerdo el único contacto permitido era la carga, que para que fuese legal tendría que ser con el balón en disputa (por ambos jugadores), hombro con hombro y con los pies en el suelo. Hoy se empuja de todas las formas imaginables y no pasa nada, no se sanciona. En este mundial de clubes vemos que se pitan los contactos, que se pitan los empujones y que se pita todo aquello que suena a excesivo. Como debe ser. El fútbol es un deporte de hombres, se decía. Vemos que no, ahora con mucha más razón cuando nuestro equipo femenino está dejando el nivel bien alto. El fútbol es un deporte de reglas. De reglas que hay que cumplir o, en su defecto, sancionar.
Y hay que reeducar a todos los participantes, y en concreto a los jugadores, en el respeto al árbitro y sus decisiones. Y, volviendo a las comparaciones con el rugby, propongo desde ya la creación de una o más tarjetas, del color que se quieran, para introducir sanciones intermedias. En rugby hay tarjetas que conllevan expulsión por 10 minutos la primera vez y los jugadores se lo piensan, pero muy seriamente antes de incurrir en lo mismo. Porque todos los profesionales saben cuándo lo han hecho bien y cuándo lo han hecho mal. Claro que lo saben. Estas cosas tienen que quedar claras desde un principio. Que se trabajen, que se enseñen y que se cumplan. No me vale: es que ha sido la primera, es que en el área esto es penalti (y no se pita lo que, si hubiese sido fuera, sí se pitaría), es que estamos en el minuto uno y cosas así. Y la prensa en vez de tomar partido, casi siempre interesado, que ayude con sus comentarios, pues será para el bien del espectáculo, para el bien de todos.
Nadie puede hablar con el árbitro, excepto los señalados, básicamente el capitán. Qué bochorno ver esos coros rodeando al señor juez queriéndoselo comer. Si desde primera hora queda esto claro y se sanciona, no os preocupéis que el mensaje llegará nítido a sus receptores. Y ya se cuidarán de no volver a repetirlo.

Manolo Marrón
Profesor de Educación Física
Manolo nació en Estepa, Sevilla donde sigue viviendo.
Licenciado INEF con maestría en fútbol. En fútbol: jugador federado, árbitro federado y entrenador federado en categorías regionales. Periodista deportivo en una cadena de radio.
Le gusta la naturaleza, la música rock de los años 60 y 70 y el ajedrez.
Es fan incondicional de Bob Dylan.
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