Hay vidas que parecen ir en línea recta, sin grandes sobresaltos… y otras que se van construyendo a base de giros, decisiones valientes y encuentros que llegan cuando menos los esperas. La de Pedro Ayuso Sierra es de estas últimas. Una vida de trabajo, de viajes, de caídas y de volver a levantarse… y también de ese amor que aparece cuando uno ya casi había hecho las paces con la soledad.
Pedro es el marido de Rosabel —su historia ya la conté—, un amor bonito que llegó en un momento en el que él pensaba que quedarse solo iba a ser su destino.
Pedro es hijo de Félix Ayuso y Otilia Sierra. Sus raíces vienen de lejos, de esa España de pueblos que empujaba a marcharse. Por parte de padre, de Medina de las Torres, en Badajoz. De su abuelo Blas le hablaban como un hombre autoritario; de su abuela Julia apenas supo nada. Por parte de madre, de Peñarroya-Pueblonuevo, en Córdoba: su abuelo Juan era capataz en una finca, de vacas y cerdos, y su abuela Catalina trabajaba en la hacienda.
Su madre, Otilia, era la pequeña de ocho hermanos. Una familia de las de antes, marcada por la emigración: muchos a Barcelona, otros a Madrid. La familia de su padre, en cambio, también tuvo que marcharse, en su caso a Alemania, muy cerca de Austria.
Y quiso el destino que todos acabaran coincidiendo en Peñarroya. Allí se conocieron sus padres: él en la mina, ella limpiando en las oficinas. Y como tantas veces pasa, fue en un baile donde empezó todo. Y ya no se separaron.
Se casaron y se fueron a Cartagena a trabajar en una fábrica minera. Cuando su madre se quedó embarazada, decidieron que volviera a Madrid, a casa de su hermana Carmen, por la zona de Cuatro Caminos. Allí nació Pedro, el 26 de febrero de 1953, en Chamberí. Eran años complicados, con el miedo a los robos de bebés en las maternidades, pero su madre —pequeña, pero muy despierta— “no quitaba ojo”.
Pedro tardó en conocer de verdad a su padre. Hasta casi los tres años no se fue a Cartagena a vivir con él. Durante mucho tiempo le llamó “el Félix”, nunca “papá”. Hasta que un día, con ocho años, un tío le dijo: “¿Y por qué no le llamas papá?”. Ese mismo día, al verlo marchar, lo hizo. Y algo cambió.
En Cartagena fue al colegio de Santa Lucía, solo de chicos. Recuerda las colas para tomar leche, los viernes en los que el profesor decía que “ya le preguntaría al cura quién había ido a misa”, y la obligación de llevar justificante. Y también ese altillo de piedra desde donde, en los recreos, algunos gitanos les tiraban piedras.
Era un niño espabilado, muy despierto. Tanto, que hizo cinco cursos en tres años. Y guarda recuerdos muy vivos de sus profesores: Don Julio, alto y delgado; Don Julián, serio y de mano fácil con la regleta; Don Juan, calvo y con gafas redondas; y Don Germán, el director que casi nunca estaba.
Pedro con el casero, con cuatro años
Siempre destacó en Matemáticas. Le gustaban de verdad. Sacó la mejor nota de la provincia y pudo haber ido a la Universidad Laboral de Sevilla, pero su madre no quiso que se fuera. Siguió estudiando y también se le daban bien la Geografía y la Historia.
Si hay un profesor que recuerda especialmente es el de Educación Física, José Luis Villaverde. Porque le animaba, porque le hacía creer que podía. “Tú puedes hacerlo”, le decía. Y Pedro se lo creyó.
“Un día, un compañero le soltó: “¿Te quieres ir a América?”. Era 1971. Y dijo que sí.”
Con doce años se sacó el graduado escolar por libre y empezó a trabajar: vendiendo periódicos, en una tienda de tejidos… lo justo para tener sus cosas y, sobre todo, para poder ir al cine.
Pedro con 16 años, agachado cuarto por la izquierda. Equipo de balonmano Marenostrum
Pedro con 17 años
En el barco que iba a América. 1971
A los diecisiete, y muy a pesar de su madre, se alistó voluntario en la Marina. “La Marina te llama”, decían los anuncios. Y él fue. Hizo la instrucción en Cádiz y, por una mala jugada al elegir destino, acabó en Ferrol en vez de en Cartagena. Allí pasó un año formándose como mecánico y después se fue a Palma de Mallorca.
Y entonces llegó una de esas decisiones que te cambian la vida. Un día, un compañero le soltó: “¿Te quieres ir a América?”. Era 1971. Y dijo que sí.
Se fue a Virginia sin saber inglés. Estuvo tres meses en la mayor base americana, donde también enfermó de tuberculosis. A la vuelta, casi sin fuerzas, un amigo le dijo: “Ayuso, cuando lleguemos a Ferrol deberías pasarte por el hospital”. Y así fue. Y lo tenía.
Con diecinueve años ingresó en el sanatorio de la Marina en Madrid. Allí se acabaron el deporte y los grandes esfuerzos. Le dijeron: “Si quieres volver, tienes que operarte”. Y lo hizo, sin decírselo a su madre.
Volvió, se hizo cabo primero y regresó a Ferrol.
Y allí, en un hospital, apareció su primer amor. Estaba visitando a un amigo y, desde un pequeño balcón, vio pasar a una enfermera con bocadillos y Coca-Colas. Era Pilar. Se encontraron al salir. Y seis meses después, en julio del 76, se casaban.
Pero no todo fue fácil. Una noche, después de un baile, lo detuvieron. Los grises. Le dieron dos opciones: “O te vas por las buenas… o acabas en San Felipe”. Y decidió marcharse.
Con Abrahan en Ferrol y un pulmón menos. 1975
Volvió a Cartagena. No lo cogieron en una refinería, pero sí en una empresa de montaje como soldador. Allí estuvo del 78 al 81. Allí nació su hija Mari Carmen, “hija de Tejero”, como dice él por el año.
Después se embarcó en la Marina Mercante. Se fue seis meses en un petrolero hasta Rumanía, recorrió la costa de Europa, pasó por Bruselas, Zúrich… y se quedó con recuerdos pequeños, como unos zapatitos rojos de charol que le compró a su hija.
Pedro en el arsenal militar de Cartagena con Diego. 1991
Pedro de maitre. 1994. Segundo a la izquierda
En 1991 dejó el mar. Su hermano le avisó de unas plazas para la cárcel y casi sin tiempo reunió los papeles. Con ayuda de su mujer, incluso tuvo que “apañar” algún trámite. La cárcel cerró, pero él no se conformó: peleó, denunció, y consiguió un puesto en un arsenal militar como especialista en seguridad naval. Allí trabajó hasta 2014. “Controlaba lo que otros controlaban”, dice.
En 2012 lo mandaron a Alcantarilla, en Murcia. Luego llegó a A Coruña. Y allí conoció a Rosa.
Se jubiló con 63 años. Y entonces llegó Anceu
Pedro con 28 años
Pedro atrás a la izquierda en el lago de los cisnes
Pensó que le iba a costar adaptarse, pero nada más lejos. El viaje hasta allí, con el coche lleno hasta arriba, “como gitanos”, fue toda una aventura. Hoy, Anceu es tranquilidad, vecinos, vida sencilla. Y un lugar al que siente que le debe mucho, sobre todo por el coliving y aquella experiencia intergeneracional que recuerda como algo “extraordinario”.
Sueña con viajar sin móvil. Y si le preguntas a dónde, lo tiene claro: el Caribe, las Islas Vírgenes, Saint Croix. Aunque, en realidad, cualquier destino le vale si es compartido. México, por ejemplo, como le gustaría a Rosabel.
Pedro con Rosa, Mario y Erica
Su rincón favorito es su espacio, lleno de herramientas, de inventos, de cosas hechas con sus manos. Un lugar muy suyo.
Si pudiera pedir algo, sería más señales en los cruces —“para que la gente vaya más despacio”— y un centro cívico más grande, con más vida.
Antes de terminar, le hago una pregunta que no le había hecho:
—Pedro, ¿qué me faltó preguntarte?
Se ríe.
—Pensé que me preguntarías a quién votaría.
Y añade, sin problema:
—He sido rojo toda la vida… pero ahora votaría al verde.
Terminamos mirando fotos. Reconociendo momentos. Poniendo fechas a la vida.
Gracias, Pedro, por abrirme un trocito de la tuya. Porque al final, lo que queda no es solo lo que se vive… sino cómo se recuerda.

Ana Santos Solla
Profesora de E.F.
Son Ana Santos, nacín en Pontevedra no ano 1960, a miña infancia estivo moi ligada a Santa María de Xeve, a terra da miña nai, son a terceira de 8 irmáns, a maior das mozas, a máis vella como me dicían de pequena. Sempre me gustou o deporte e estudei INEF en Madrid, estiven 34 anos no IES Valle Inclán impartindo Educación Física alí foi onde coñecín ao resto dos meus compañeiros que agora me acompañan neste proxecto. Decidín xubilarme para dar un novo rumbo á miña vida e levar a cabo este tipo de iniciativas como @devellabella ue pretende que o envellecemento activo convértase en embelecemento persoal e poder achegar a miña experiencia nesta etapa da vida.
Nós os maiores aínda temos moita guerra que dar, espero que este blogue motívevos a querer colaborar connosco.
Rosa López Lorenzo
Luisa Sánchez Martínez
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